ноль (Cero): De cómo el corresponsal del Vlog se vio en la tesitura de viajar a Moscú, tras dejar de beber y comenzar un tratamiento barato con Fluoxetina.

Este año, antes de terminar el invierno, mi mujer me regaló un viaje a Moscú. Según el folleto promocional de la agencia, se trataba de un circuito de una semana que nos llevaría a visitar también la ciudad de San Petersburgo. Dentro de la oferta, además, estaban incluidos los vuelos de ida y vuelta (Madrid-Moscú y San Petersburgo-Madrid, ambos en clase turista, compañía Аэрофлот), el transporte hotel-aeropuerto y aeropuerto-hotel (minibús con aire acondicionado), las entradas a los principales monumentos (con visitas guiadas en castellano), las noches de hotel en habitación doble (Hotel Angleterre en San Petersburgo, Metropol en Moscú), el pasaje de tren nocturno entre las dos ciudades rusas (desayuno incluido a bordo) y, para terminar, la pensión completa (almuerzos en restaurantes locales, desayunos y cenas en el hotel). Las bebidas no estaban incluidas (salvo la degustación de vodka en la visita al museo Kristall, que figuraba entre los monumentos del programa), aun así, se dio la coincidencia de que yo había dejado de beber semanas antes, con lo cual no fue aquella la peor de las noticias. La principal razón de elegir un viaje organizado por una agencia, según me dijo mi mujer, fue evitar el engorro administrativo de tramitar personalmente el visado. Ana siente vergüenza de sí misma ante la posibilidad de que le organicen la existencia, aunque acepta cómodamente que le ayuden con los detalles mientras considere que estos son de poca importancia. Por mi parte, dado que aún me estaba empezando a acostumbrar a la vida abstemia, decidí que un viaje así podría resultar divertido, pues lo interpreté como un ensayo de mi nueva vida organizada por otros; un ensayo, limitado en el tiempo, de una vida sin responsabilidades.

Antes de recibir la noticia ya estaba en pleno entrenamiento para someterme a un orden ajeno a mi voluntad: tres días atrás había comenzado a tomar medicación antidepresiva. Tal vez le estuviera asignando al asunto mayor importancia de la que tiene, pero mi deseo era la sumisión química total y absoluta. No estaba deprimido en el sentido melancólico del término, ni se trata de que me considerase vencido por la amarga circunstancia de la abstemia. Sólo notaba una falta de interés en hacer las cosas, aunque era sobradamente capaz de hacerlas. Lo cual era aún peor. ¡Si sólo hubiera tenido agallas para abandonarlo todo y meterme en la cama! ¡Si hubiera sido más joven para compadecerme de mi mala suerte y encontrar ese abyecto placer que sólo existe cuando uno se rinde! Pero no debo hablar de aquellos días con entusiasmo, pues entonces nada había en mí ni remotamente parecido a este estado de ánimo.

Elegí la fluoxetina, el famoso Prozac. Siempre he sido clásico en la elección de los fármacos, especialmente si son para mí y no para los demás. (Supongo que fue mi clasicismo farmacológico el que hizo que me inclinase por el alcohol a la hora de soportar la realidad de una vida comunitaria.) Me hice una auto prescripción en una receta que, al menos moralmente, resultaba dudosa: el médico prescriptor era a la vez el beneficiario del fármaco. Estuve tentado de poner los datos de mi mujer en el apartado de datos del paciente, aunque no quería comprometerla. No es que tomar antidepresivos sea hoy un compromiso para nadie, pero es por esto precisamente que me pareció que no había razón para no hacerlo a mi nombre. Pensé en decir, si me preguntaban en la farmacia, que en realidad el fármaco era para mi mujer, pero que, al no tener a mano sus datos al hacer la receta, había puesto los míos. Luego decidí que no debía preocuparme tanto por todo, y que, como sucedió efectivamente, la farmacéutica no tendría ningún interés en preguntarme nada sobre la receta. Compré en una de las farmacias del barrio –la segunda más cercana a mi domicilio- la medicina prescrita. El envase de 60 comprimidos costó 60 céntimos de euro, lo que significa que por 3,60 euros tendría para un año de tratamiento. Es difícil creer que por ese dinero se pueda comprar algo que obre grandes cambios en el ánimo de un hombre.